Perfil Histórico de Santafé de Bogotá en la Época de la Nueva Granada

Según el profesor Jaime Jaramillo Uribe, investigador e historiador, nos cuenta que después de pasada la guerra de la independencia la capital de la Gran Colombia, que por disposición del congreso en 1819 se llamara simplemente Bogotá y se convierte en el centro de la vida política e intelectual del Nuevo Estado. La ciudad posee una brillante élite formada en las postrimerías del virreinato, educada en las obras de los ilustrados españoles y de los enciclopedistas franceses. Se ha formado un tipo humano llamado “El Bogotano”, expresión de una cultura añeja y madura, cuyo representante típico fue don Antonio Nariño, hábil político orador elocuente, periodista, ágil que maneja la sátira y la burla con maestría desde la columna de su periódico “La Bagatela”. Desde los comienzos de la era republicana su pueblo estaba dirigido por juristas letrados, oligarcas y teólogos, dando muestras de una sensibilidad política civilista y democrática. Roto el aislamiento colonial, Bogotá se abre al contacto con el mundo exterior; los bogotanos viajan a Europa y a los Estados Unidos. La ciudadanía comienza a recibir la visita diplomática, agentes comerciales y aventureros que buscaban negocios y oportunidades lucrativas, pero sigue siendo tradicionalista y recoleta, por eso su cambio es lento.

Los numerosos viajeros que visitaron a Bogotá entre las décadas de 1820 a 1850 dejaron descripciones de la vida social, costumbres y carácter urbano. La narración más completa fue la que dejó el diplomático francés August Le Mayne, quién vivió en Bogotá once años (1829-1840) y decía: Bogotá es triste, tanto de lejos como de cerca, pues sus alrededores estaban desprovistos de árboles que pudieran ocultar la monotonía de las laderas desnudas y de las montañas de tintes grises y sombríos que se confundían con las pesadas techumbres de tejas de barro que tenían todas las casas en la entrada principal de la ciudad, lo mismo que todas las demás casas de mezquino aspecto.

La región tenía una alternancia de estación seca y estación lluviosa, los más hermosos días eran los de diciembre, enero y febrero. Durante los meses de lluvia se sentían los efectos desagradables de la humedad, pues las casas no contaban con chimenea, ni siquiera se usaba el brasero especial. Las casas en Bogotá están edificadas sobre terrenos de gran extensión y tenían varios patios, antes de entrar al primero había que pasar por un vestíbulo llamado zaguán de cuyos lados corren uno o dos bancos de piedra en los que se sentaban los mendigos en espera que les distribuyeran las limosnas. En el primer patio estaban las habitaciones principales de la casa, los otros patios servían para los quehaceres ordinarios de la casa o para tener los caballos y animales domésticos y también para depositar las inmundicias, pues son pocas las casas que tenían alcantarillado o pozos negros. No solo son modestas las construcciones, también son el mobiliario y las costumbres de sus habitantes. En las casas de la pequeña burguesía el mobiliario era de una sencillez que guardaba una relación exacta con lo poco de lo adelantado de la ebanistería. Las cocinas presentaban un ambiente particularmente primitivo, tres piedras colocadas en el suelo que servían para hacer el fuego y colocar las ollas de hierro o barro para hacer “el puchero”. A esto se agrega una parrilla y un sartén para los fritos y asados y una pila de cobre para elaborar los dulces. La comida corriente consistía en carne cocida con mazorca de maíz, plátano, yuca y diversas legumbres; un guiso de cordero o de cerdo, aves asadas o fritas, huevos fritos o en tortilla, todo aquello acompañado de mucha cebolla, pimientos y tomates. Muy frecuentemente se preparaba “la mazamorra” que es una sopa hecha de harina de maíz, azúcar, miel y un sinnúmero de dulces y compotas. Se comía poco pan y este se hacia mezclado con huevo. La bebida, además de agua era “la chicha” especie de sidra hecha con melaza y maíz fermentado. El vino era una bebida de lujo que se bebía muy poco, porque además de ser caro, estaba considerado como pernicioso. La vajilla casi siempre provenía de Estados Unidos Inglaterra.

Las calles poco habían cambiado desde la colonia, mal pavimentadas, la parte principal recibía las aguas negras, pues se carecía de alcantarillado. Lo más concurrido y centro de actividad comercial era la calle real, la mayoría de tiendas eran oscuras y mal presentadas, las mercancías generalmente eran puestas en el suelo, se componían de los objetos más diversos, pues la especialización de géneros específicos era desconocida, de manera que en ella se daban cita la mujer más elegante que buscaba objetos de lujo y la más humilde gente del pueblo que solicitaban cachivaches baratos. No había prejuicios sobre el ejercicio del comercio, algunas personas que se dedicaban al comercio ocupaban al mismo tiempo altos cargos oficiales en el gobierno. El desaseo de las calles y muladares no dejaba nada que desear. En 1850 el cólera invadió Bogotá lo que hizo necesario la limpieza y en pocos días fueron extraídos 160.000 carretadas de basuras para abono de los potreros de la Estanzuela y Aranda. La prostitución descarada y el contagio de las enfermedades venéreas era otro lunar triste de la población bogotana. No había carros ni otros medios de transporte, sino los mozos de cordel, pero a la merced de Macllister, Thompson y Moncrefs, los primeros fabricantes de carros que empezaron a emplearse en las calles, quedaron sin trabajo los mozos del cordel, una parte de ellos tomaron los escasos oficios de carreteras en las haciendas y otros se convirtieron en pordioseros que llegaron a ser insoportables entre 1840 a 1850. En 1851 algo mejoro la situación con la agricultura con la introducción de la papa tuquerreña, mas productiva y libre de enfermedades, la propagación del trigo barcino menos expuestos que las semillas antiguas al polvillo y reactivación de las industrias.

La plaza mayor de Bogotá seguía siendo el centro de actividad comercial y social, en ella estaba la catedral y la capilla anexa del sagrario, depositaría de grandes obras de arte representativas del pintor colonial santafereño Gregorio Vásquez; también quedaban allí los correos, la casa de la aduana, varios tribunales y el Consejo de Estado. Pero el más importante sitio en ella era el altozano, una amplia terraza frente a la Catedral frecuentada todos los días de 4 a 6 de la tarde por el mundo social literario y político de la sociedad.

En las décadas de 1830 a 1850 la influencia francesa e inglesa ganaban ascendentemente en el campo de las ideas y las costumbres de la clase dirigente dándose a conformar la oligarquía tradicional y la oligarquía emergente. Bogotá fue también el foco de irradiación de un activo movimiento artesanal, sastres, carpinteros, zapateros, herreros, aguadores, pequeños burócratas que se agruparon en torno a las Sociedades Democráticas y las Sociedades Populares de orientación medio liberal, medio socialista y cristianos, románticos, los primeros católicos y conservadoras las segundas. Las Sociedades Democráticas llegaron a contar varios miles de miembros que participaban por igual en organizaciones gremiales, centros cívicos de educación y eran además activos defensores de numerosas pequeñas industrias existentes en la ciudad y en el país, frente a las tendencias librecambistas dominantes en la política oficial de la época.

En Colombia desapareció la enseñanza de la historia patria desde hace mucho tiempo, razón por la cual puede ser la moda o la falta de reflexión, se impuso en los círculos nacionales la educación básica con la denominación genérica de “ciencias sociales” en tanto que desapareció la especificidad de la palabra Historia. Con este giro lingüístico tan peculiar de nuestro ingenio, que cambia la realidad simplemente cambiando palabras, se menguo la importancia de este campo fundamental del conocimiento y en cambio tampoco aparecieron las ciencias sociales, antropología, sociología, economía, demografía, psicología social, derecho, politología.

El concierto nacional y las marchas que se realizan en el país contra la violencia armada y el secuestro, son el punto de partida de una reflexión sobre nuestro pasado histórico, que sería alentada y apoyada por el Ministerio de Educación, mediante talleres y estrategias masivas de comunicación que nos pongan en sintonía con lo que hemos sido, somos y podemos ser. Es importante difundir en nuestros niños y jóvenes el entusiasmo por la comprensión de su sociedad, de sus orígenes y de sus destinos. Que encuentre la verdad en los documentos, en los relatos y tradiciones, la explicación de los fenómenos sociales y políticos que pueden dilucidar con libertad el origen de la razón de nuestra violencia, la pobreza que agobia a tantos y la flaqueza de nuestras instituciones políticas. Que con la riqueza en ciencia y tecnología los niños y jóvenes experimenten el gusto de desentrañar la fortaleza de la tradición cultural de sus regiones, así como desenmascarar los mitos que sobreestiman las virtudes de héroes que jamás lo fueron, o de eventos que parecieron patrióticos solo sirvieron para justificar atropellos contra los más débiles. Ojalá pudiéramos aprovechar este momento para volver sobre nuestros pasos y rescatar valores perdidos, develando imperdonables mentiras institucionales. Dándole la oportunidad a la Historia Patria, seguro encontraremos la gratitud de las nuevas generaciones.


Heliodoro Melo Barreto