La Sublevación en la Nueva Granada

 

En la Nueva Granada, como en el resto de territorios bajo la soberanía de España, el impulso absolutista de la Corona Borbónica motivó que en 1767 se expulsara a los jesuitas. Dicha orden constituida un estado dentro de otro, algo verdaderamente intolerable para un déspota ilustrado como el que entonces reinaba desde Madrid. A partir de ese momento, aunque las misiones y propiedades de los proscritos curas formalmente fuesen administradas por la real dirección fiscal llamada “Bienes de Temporalidades”, muchas de esas tierras junto con aborígenes que las trabajaban, cayeron bajo el control de los terratenientes indianos. En el virreinato de la Nueva Granada, uno de los principales favorecidos por esta práctica fue Jorge Miguel Lozano de Peralta y Varáez Maldonado de Mendoza y Olalla, marqués de San Jorge, octavo heredero del mayorazgo de la Dehesa de Bogotá, cuya familia siempre había figurado entre los principales encomenderos del altiplano desde la época de la conquista. Su principal propiedad era la hacienda “El Novillero” en la Sabana de Bogotá, que abarcaba los actuales municipios de Funza, Serrezuela y Mosquera. Dicha heredad también se amplió con el absolutismo y adoptó hacia las tierras de los indígenas, pues el Trono comprendió que la capitación percibida de los indios era independiente del uso dado a los suelos en sus resguardos.

Con el establecimiento del estanco del tabaco y del aguardiente, no conllevaron conmociones sociales en la Nueva Granada porque los cultivos de tabaco y caña de azúcar tenían escasa importancia en el virreinato. Pero la situación cambió en el siglo XVIII, cuando se imponía una reorganización de las siembras. Para satisfacer al monopolio real, se prohibió la cosecha del tabaco en diversas zonas, entre ellas la del Socorro-Santander. Esta provincia se había caracterizado por la preponderancia de la pequeña propiedad, tanto en los campos, donde había gran cantidad de vegueros, como en las villas, en las que existían un número de artesanos. En los últimos tiempos, sin embargo, surgían algunos grandes dominios, gracias a la desaparición de muchos resguardos y la expulsión de los jesuitas. Y a principios de 1780, el descontento popular aumento, cuando al incremento de los precios en los alcoholes del estanco se añadieron nuevos gravámenes a las producciones artesanales y al comercio minorista.

El estallido se produjo el 16 de marzo de 1781 en el Socorro, al publicar las autoridades españolas una serie de nuevos impuestos el día de mercado, entonces llenas de ira, las masas populares asaltaron los almacenes de los monopolios estatales, saquearon las casas de los funcionarios y abrieron las cajas del fisco real. Luego el movimiento se expandió a San Gil, Simacota, Charalá y Mogotes, hasta que al mes se decidió constituir un comando central de los sublevados para lo cual se reunieron en el Socorro los representantes de las diferentes localidades. En dicha asamblea surgieron dos tendencias; una moderada que anhelaba circunscribir las reivindicaciones a las demandas mínimas planteadas por comerciantes y latifundistas, la otra radical, deseosa de impulsar cambios revolucionarios en beneficio de los pequeños burgueses, así como de los indios y los negros esclavos.

Pero fue un representante de la primera, Juan Francisco Berbeo, quien emergió el 16 de abril de 1781 como la figura capaz de conciliar el foco entre ambas corrientes. Tras ser designado capitán general del común, Berbeo estructuró a los alzados en batallones, según el sitio de procedencia, los disciplinó y al frente de unos cuatro mil hombres, venció a las fuerzas españolas en el Puente Real, este triunfo entusiasmó a las multitudes, que marchaban en oleadas hacia Zipaquirá con el fin de unirse a la tropa insurrecta. Y a medida que aumentaba el enorme caudal humano, cuyo número ya se aproximaba a veinte mil, crecía también su radicalización.

La derrota atemorizó a los terratenientes y reaccionarios que vivían en Santa Fé de Bogotá, la capital a donde parecía que se dirigían las columnas insurrectas. Puesto que la coyuntura reclamaba hacer frente al peligro, el marqués de San Jorge animó a la oligarquía feudal a organizar la defensa con la fuerza de quienes trabajaban en sus predios y a tal efecto dio el ejemplo al donar medio millar de sus caballos. De todas maneras, las personas no eran halagüeñas para la reaccionaria élite, pues ella sabía que, de unirse al movimiento iniciado en el Socorro, con el abundante artesanado santafereño, las consecuencias serían imprevisibles. Por lo tanto, antes de que se produjera el temido choque armado, aquella optó por negociaciones.

A tal efecto, la junta de tribunales se mostró dispuesta a rebajar el precio de venta al público del aguardiente y tabaco y suprimir el impuesto de la Armada de Barlovento, que en parte subvencionada la flota de guerra, y disminuir el impuesto de la alcabala del 2%. Antes de proseguir hasta su objetivo, Berbeo despacho hacia Honda-Tolima una columna de armas con el propósito de evitar la confluencia de fuerzas enemigas en dicha región. Al enfrentar marchaba el caudillo de la tendencia revolucionaria José Antonio Galán, joven charaleño, quien capturo a Facatativá con la divisa; unión de los oprimidos contra los opresores, inscrita en su estandarte. Allí incitó a los indios que no pagarán sus tributos y se revelarán con el fin de recobrar sus resguardos. Por si parte José Antonio Galán prosiguió su avance, tomo Villeta y Guaduas, donde repartió las riquezas entre los pobres, y se dirigió al valle de la Magdalena que había escogido como terreno de operaciones. Las conmociones revolucionarias desatadas por la gesta de Galán, preocuparon a los ricos criollos, incluso a los que participaban de la rebelión de Berbeo. Muchos de estos pensaron entonces que seria más apropiado negociar con las autoridades españolas de la capital antes de arriesgarse a una lucha cuyos resultados nadie podía prever. Así, ambos bandos llegaron a la misma conclusión; era imprescindible entenderse, por eso se iniciaron conversaciones en Zipaquirá firmadas el 7 de junio de 1781. José Antonio Galán no aceptó la orden de licenciar a sus hombres y poner fin a la lucha por obtener resultados revolucionarios, decidió, por el contrario, abandonar las regiones occidentales del virreinato para regresar al Socorro y revivir allí el movimiento armado. Pero solo encontró allí el pesimismo político y desplome moral, los comuneros se sentían traicionados y la apatía cundía entre ellos. Entonces pensó refugiarse en los llanos orientales, hacia donde se dirigía, cuando fue herido y hecho prisionero. Se la ejecutó el 1 de febrero de 1782.