La República Artesanal de Colombia

 

En Colombia, muerto el libertador Simón Bolívar y derogadas sus medidas revolucionarias, el régimen conservador se consolidó mediante la constitución de 1831, que implantaba una república oligárquica y muy centralizada, garantizaba privilegios o fueros a militares y a grandes propietarios, fuesen estos laicos o eclesiásticos. Incluso, bajo la egida de Francisco de Paula Santander el nombre del país fue sustituido por el usado en la época del colonialismo “Nueva Granada”.

Entonces se reestablecieron el diezmo, los mayorazgos, las alcabalas y manos muertas, así como el sistema tributario feudal, que gravaba con exorbitantes impuestos las actividades productivo-mercantiles y disponía el pago de onerosos peajes por concepto de comunicaciones y transportes. Para colmo, en 1834 el general Francisco de Paula Santander concertó con Inglaterra un gran empréstito mediante la entrega en garantía del “quinto” percibido por el estado sobre las extracciones de oro, así como buena parte de las rentas obtenidas por el estanco del tabaco, que era una supervivencia del conocido monopolio colonial.

A esas prácticas conservadoras, se opuso la pequeña burguesía integrada por dueños de talleres artesanales urbanos, en los cuales se realizaba una producción mercantil en escala menos y con formas primitivas de capital. Estas para desarrollarse, necesitaba incrementar la cooperación, así como una mayor división social del trabajo, lo que significaba que se transformaran en manufacturas. De seguirlo, se daba un paso de gran importancia en su progreso, hacia el capitalismo industrial. Alcanzar ese objetivo, sin embrago, requería antes: Suprimir las aduanas internas y reducir o eliminar los gravámenes al acarreo de las mercancías entre provincias; así se podían disminuir los costos y facilitar las ventas de sus confecciones de tela, objetos de papel, muebles, lozas, vinos, jabones, velas monturas, cristales, mantas, frazadas y artículos de ferretería.

El presidente de la república (1845-1849) Tomás Cipriano de Mosquera, representante de la burguesía plantadora y comercial, intentó alterar el viejo sistema tributario y fiscal por uno que facilitase la compra de manufacturas foráneas a cambio de exportar productos agropecuarios. Esos propósitos chocaron con los intereses de los propietarios de las artesanías y en primer lugar los de Bogotá cuya tendencia extremista organizaron una asociación que terminó llamándose sociedades democráticas. Ella, en poco tiempo extendió sus funciones a las actividades militares, pues formó un batallón compuesto por cuatro compañías, germen de la Guardia Nacional.

En política, la referida organización artesanal respaldó en 1849 la elección de un congreso liberal y de José Hilario López como presidente. Pero la decepción fue mayúscula cuando ambos poderes emitieron sus primeros decretos: Fin de los Resguardos, Libre Navegación por el Río Magdalena y Abolición de la Esclavitud. Los primeros afectaban negativamente al mercado interno, hasta entonces dominado por las producciones autóctonas. Debido a la nueva ley los indígenas perderían sus tierras y se empobrecerían por lo cual dejarían de adquirir productos artesanales. A su vez estos artículos criollos serían invendibles dada la fácil penetración de los rivales y baratas manufacturas extranjeras. Solo el fin del régimen esclavista incrementaba la demanda, pero como nada más quedaban 16.000 personas por emancipar de la esclavitud, su eliminación no representaba un elevado número de consumidores adicionales, quienes además tenían una ínfima capacidad adquisitiva.

El descalabro de los pequeños burgueses artesanales empezó en 1851 cuando numerosas capacidades productivas artesanales se arruinaron, por lo cual las Sociedades Democráticas exigieron del gobierno medidas proteccionistas, a su vez que los vínculos con el liberalismo y la gran burguesía. Por su parte, los asalariados de los referidos talleres artesanales incrementaron su lucha a quedar sin trabajo, lo que llevó a su vanguardia a esgrimir el programa del socialismo utópico concebido por Carlos Fourier y Saint Simon. Después gradualmente comenzaron los choques callejeros. De un lado, ambos componentes del artesanado y por el otro las fuerzas animadas por los burgueses.

Tras renovarse le congreso a final de 1853, las contradicciones entre los elementos democráticos y los diputados liberales se agravaron, al disponer estos una lapidaria rebaja de los aranceles. Esto hizo que el ejército se dividiera, porque José María Melo Ortiz, su general en jefe y demás adeptos a sectores populares se manifestaran en su contra. Mientras, a favor se colocaban los oficiales de origen aristocrático y oligárquico, apoyados por los eclesiásticos, terratenientes y burgueses. Entonces, la mayoría de los congresistas dictaron una importante reducción de los efectivos militares, con el objeto de utilizarla como pretexto de separar de sus filas a quienes consideraban indeseables. Ante esta nueva situación, el general José María Melo se insubordinó y disolvió el congreso, en abril de 1854 ocupó el poder bajo la impactante consigna artesanal “Trabajo y pan o muerte”.

El nuevo gobierno del General José María Melo movilizó a los ciudadanos, sustituyó a los gobernadores provinciales, derogó la Constitución de 1831, reestructuró la Corte Suprema De Justicia, decretó el fin de las constricciones gremiales, abolió cualquier tipo de monopolio, prohibió la usura, persiguió a los acaparadores y agiotistas, obligó a los oligarcas a que otorgaran préstamos y créditos. Pero más allá de las regiones del altiplano, donde la clase artesanal era fuerte, el movimiento no tuvo gran respaldo, pues temían alejarse de los sitios donde se encontraba la base de sus sustentos. Tampoco estas fuerzas revolucionarias incluían en sus reivindicaciones las de otras clases o sectores y grupos relegados de la sociedad. Por ello, no pudieron conformar una ponderosa estrategia política susceptible de eliminar los rezagos feudales o afectar los intereses de los grandes comerciantes, terratenientes y plantadores de la burguesía, en beneficio de los estratos más humildes o explotados del país.

La contraofensiva oligárquica ayudada por Estados Unidos se enrumbó contra Bogotá, defendida por los efectivos democráticos encuadrados en la Guardia Nacional, quienes lucharon con heroísmo y prefirieron morir como Miguel León y Agustín Toro, otros fueron expulsados del país.